Por María Mercedes Gettar – Psicóloga clínica especializada en género y diversidades

Migrar transforma. No solo cambia nuestra geografía externa, sino también la interna. En mi caso, la decisión de mudarme de Buenos Aires a Berlín fue tanto personal como profesional. Como psicóloga clínica especializada en diversidad sexual, no monogamias y enfoque de género, vengo trabajando en Argentina con personas y comunidades que muchas veces no encuentran espacios seguros en el sistema de salud mental tradicional. Mi práctica se sostiene en una escucha activa, que busca ser libre prejuicios, y constantemente comprometida con una visión de derechos humanos.
Al llegar a Alemania, rápidamente noté que acceder a una atención psicológica en el idioma nativo era, para muchas personas migrantes, un verdadero privilegio. Las listas de espera para recibir terapia en alemán suelen extenderse durante meses. Si se necesita atención en español, inglés u otro idioma, las posibilidades se reducen drásticamente. A eso se suma que muchos profesionales no tienen formación específica para acompañar realidades marcadas por la migración, la diversidad sexual o la identidad de género. El enfoque clínico suele ser normativo, y no siempre considera el impacto de la discriminación, el racismo o el homo-odio en la salud mental. Esto deja a muchas personas en situación de vulnerabilidad sin un espacio terapéutico que las escuche desde la empatía y el respeto por sus trayectorias.
Actualmente, trabajo de forma online, lo que me permite acompañar a personas hispanohablantes en distintas partes del mundo. Esta modalidad me abrió la posibilidad de seguir sosteniendo espacios terapéuticos accesibles, sin fronteras geográficas, especialmente para quienes buscan una atención respetuosa de sus identidades. Ser terapeuta migrante me transformó profundamente. La experiencia de haber migrado me dio una comprensión más cercana y empática de los procesos que atraviesan mis pacientes: el desarraigo, la incertidumbre, las dificultades administrativas y culturales, y la búsqueda de sentido en un contexto desconocido. Esa vivencia personal potenció mi capacidad de escucha y mi forma de acompañar, desde un lugar sensible y compartido.
Trabajar con comunidades diversas me enseñó que no hay una única forma de hacer terapia. Que la neutralidad es un mito, y que acompañar desde una escucha ética también implica posicionamiento. Las personas LGBTQ+, racializadas, neurodivergentes o no monogámicas llegan muchas veces con experiencias previas de discriminación en contextos terapéuticos. Y es nuestra responsabilidad profesional evitar reproducir esas violencias, incluso de forma involuntaria.
Desde Berlín, sigo apostando por una práctica clínica que combine sensibilidad, formación continua y compromiso político. Porque la salud mental también es un derecho. Porque migrar no debería significar perder el acceso a una escucha empática y sin juicios. Porque todes merecemos un espacio donde podamos hablar con libertad sobre nuestros deseos, dolores, miedos y vínculos.
Lo que aprendí en estos años es que acompañar a otras personas migrantes no es solo un acto profesional, sino también profundamente humano. Es reconocer que, aunque cada historia es única, hay puntos en común: el desarraigo, la búsqueda de sentido, la necesidad de comunidad. Y en ese punto de encuentro, la terapia puede ser no solo un espacio de contención, sino también de reconstrucción.
