Por María Mercedes Gettar – Psicóloga clínica especializada en género y diversidades

Cuando me mudé a Berlín, lo primero que extrañé no fue el mate ni las facturas (aunque… también), sino esa sensación de saber que tenía a quién llamar si me pasaba algo. La soledad migrante puede ser en algunos casos abrumadora, pero, ¿cómo se construye una red de cuidado cuando todo —idioma, costumbres, distancias— parece nuevo?
La experiencia migratoria tiene un componente silencioso que es la falta de sostén. En nuestros países de origen, solemos dar por sentado que tenemos gente alrededor para compartir un café improvisado, recibir ayuda en una urgencia o simplemente sentirnos acompañados. Al migrar, ese tejido se deshace y hay que tejer uno nuevo, hilo por hilo.
Por eso me gustaría compartir algunas de las cosas que me ayudaron y me siguen ayudando a construir y fortalecer mis redes de cuidado en este camino.
Empezar por lo pequeño
No se trata de copiar la red que dejaste atrás, sino de ir armando poco a poco vínculos nuevos que realmente reflejen quién sos ahora, en este lugar nuevo. Todo empieza con una persona con quien podes compartir, y darte el tiempo para ir profundizando esa relación, con confianza y apoyo mutuo.
Buscar espacios afines y crear comunidad
Grupos culturales, talleres creativos, clubes de lectura o deportes… cualquier espacio que reúna personas con intereses y valores parecidos es un terreno fértil. Desde que estoy en Berlín, participo en colectivos de migrantes, grupos LGBTQ+ y actividades culturales que me están ayudando poco a poco a formar una red.
Practicar la vulnerabilidad
Abrirse con alguien nuevo puede dar miedo, especialmente cuando todo es desconocido. Pero justamente esa apertura, mostrar lo que nos pesa y pedir ayuda, es lo que permite que los vínculos se vuelvan fuertes y reales.
No subestimar lo digital
Aunque nada reemplaza la presencia física, los grupos en redes sociales, chats comunitarios o encuentros virtuales pueden ser puntos de partida para conexiones reales. Lo importante es que esas interacciones tengan la posibilidad de pasar, al menos a veces, al plano presencial.
Darle tiempo al proceso
Construir una red de cuidado no es inmediato ni automático. Requiere paciencia, persistencia y apertura para atravesar momentos de incertidumbre o frustración. Es normal que al principio todo parezca difícil y que no aparezca “esa gente” de inmediato. Por eso, es importante ser amable con uno mismo, respetar los tiempos propios y confiar en que, poco a poco, esos vínculos irán tomando forma y significado.
Al final, lo que transforma cualquier ciudad en hogar son esas pequeñas redes de cuidado y cariño que vamos tejiendo, persona a persona, día a día.